Me ha entretenido mucho la forma tan peculiar de narrar la historia y de describir a los personajes. Hasta he aprendido muchas palabras por la riqueza del vocabulario y la cantidad de juegos de palabras, la mayoría empleados para criticar, denostar e insultar. Es más rico el que menos necesita, esa es la reflexión central de la historia y que va desarrollando ya desde las primeras páginas mientras el autor aprovecha para acometer de forma muy crítica contra el sistema económico actual, el consumismo, la situación laboral, la educación, la dicotomía de la vida de pueblo y la de ciudad... y el absurdo de las inquietudes que tenemos ahora respecto a las necesidades de nuestras generaciones anteriores. Me ha parecido muy original.
En fin, que no necesitaba apenas nada de lo adquirible en una tienda. La carencia era su gran, saciante patrimonio. Se estaba instalando en una austeridad fiera en la que chapoteaba cada vez con mayor deleite, como quien se da a la gimnasia extrema y goza con la queja muscular, la falta de aliento y el dolor de plantas. Su apetito por la sobriedad empezaba a ser gula, y su amor por la pobreza empezaba a ser lujuria.
Vivía en un estado totalitario de libertad, en un régimen autoritario de pleno albedrío, todo lleno de edictos y decretos ordenándole hacer lo que le diera la puta gana y cuyo incumplimiento acarrearía penas de multa y cárcel. Sanciones que no tendría que ingresar en ninguna cuenta y condenas por las que no tendría que ingresar en ningún presidio. Pero que nunca hubieron de imponerse, porque nunca incumplió con las leyes de su dictadura al revés.